Las lágrimas que sanan la herida. El contacto y el abrazo que consuelan. La escucha que sana. El valor terapéutico del recuerdo. El valor terapéutico de los ritos y de la fe.
Elaborar el duelo supone no solamente integrar la pérdida, asumir la desaparición del ser querido, aceptar que murió, sino también integrar la propia mortalidad, cuya conciencia se hace más patente con ocasión de la muerte de la persona querida. También hay muerte, pues, en los supervivientes.